Rosa Mexicano
La percepción que los mexicanos en la actualidad tienen acerca de la homosexualidad surge por las influencias marcadas del mundo globalizado, pero a su vez y pienso que predomina más el entendimiento de culturas prehispánicas y del cristianismo traído por los conquistadores con su visión “del pecado nefando”[1].
En las culturas prehispánicas, grandes historiadores han pensado que la homosexualidad era aceptada por la mayoría, a la llegada de los conquistadores convirtieron la sodomía en bandera de guerra y trataron de atacarla por todos los medios. La deducción anterior es un poco superficial debido a que Fernando de Alba en su libro Obras Históricas, menciona que los Aztecas que eran la cultura predominante antes de la conquista, castigaban el pecado nefando con la muerte, es decir, a los varones o mujeres que eran sorprendidos vistiendo con atuendos propios del sexo opuesto, o en su caso practicando el acto sexual con personas de su mismo género eran sacrificados vergonzosamente.
Desde nuestros antepasados la hombría jugaba un papel importantísimo debido a que era un pueblo imperialista y guerrero. Sin embargo considero las prácticas homosexuales en miembros de la élite religiosa Azteca, estaban permitidos en vista de que estos actos eran para agradar a sus dioses y todos eran indispensablemente rituales religiosos.
Un pueblo que desde tiempos remotos toleraba la homosexualidad eran los zapotecas, incluso en la actualidad en el Istmo de Tehuantepec, los pobladores llaman a los “raros” “mampos”, dicho término no tiene nada de connotación peyorativa en comparación de las palabras de uso común en nuestro México moderno tales como: “puto”, “joto”, “maricón”. En la cultura Zapoteca los homosexuales gozan de una gran tolerancia social, especialmente en el ámbito sexual, centrada sin embargo en el prototipo tradicional del rol sexual pasivo y comportamiento afeminado. Se dice que dicha tolerancia por la diversidad la adoptaron de la cultura Maya, la cual a diferencia de
Por el contrario a la llegada de los españoles con su discurso absolutista en contra de la diversidad, decían que la homosexualidad era la corrupción del alma y alianza con el diablo, de esta forma castigaban sin distinciones su práctica entre la gente común y los sacerdotes. Mientras los Aztecas castigaban a los “cuilones ( homosexuales)”[2] por transgredir reglas sexuales y prescripciones de género, los conquistares los ejecutaban por violar reglas del más allá, así convirtieron a la sodomía en un pecado capital.
Pasando a otra etapa de la historia de México durante el Porfiriato, el número 41 para un sector de la sociedad mexicana que son los heterosexuales (“bugas”), quedó inmortalizado por una obra de José Guadalupe Pozada, es la historia de una fiesta homosexual en la cual arrestan a 41 asistentes, los cuales tiempo después son mandados a trabajar al sureste del país bajo el destierro. La “ j “ juega un papel de suma importancia en la historia del mexicano homosexual, esto debido a que el término popular “joto”, se les daba a los homosexuales recluidos en la crujía marcada con esta letra en la cárcel de Lecumberri ( el Palacio Negro), antes de ser deportados a las islas Marías. Cuando llegó la época de los 30´s y los 40´s la homosexualidad en nuestro país dejó de ser un crimen, dicho acto llevó a una considerable libertad de expresión e incluso en la radio se pudo escuchar la primera canción que abordaba el amor entre dos hombres. Un grupo de poetas reconocidos en la sociedad mexicana, de quienes destaca Salvador Novo, fueron quienes reivindicaron en sus escritos la preferencia homosexual en México. “Sé del silencio ante la gente oscura,/ de callar este amor que es de otro modo”[3]
No podemos dejar de mencionar a la tortilla, la cual es el alimento por excelencia del mexicano y como ésta se elabora por mujeres, es decir, la elaboraban “ las tortilleras”, de ahí que el ingenio del mexicano llevará intercambiar la palabra lesbiana por tortillera. Y si de ingenio hablamos los mexicanos tenemos para todos, ya que a los bisexuales le pusimos “bicicletas” y a los heterosexuales o bugas: este termino está lleno de ironía e implica incredulidad hacia los machos.
Desafortunadamente México está inmerso en el machismo, en donde “los penetradores”, “los sexualmente activos”, se colocan por encima de las mujeres y la mayoría de los machos son homofóbicos, aunque en nuestra cultura pienso que tiene dos acepciones: los que la combaten en teoría y la aceptan en la práctica, los que la rechazan en público pero la invocan en privado y por último los que la desprecian a la luz del día y la procuran en la noche.
Otro de los pasajes que define el rosa mexicano es el moviendo del 68, en el cual Díaz Ordás por un lado daba muestras de progreso en las olimpiadas, pero por otro lado, ordenaba la matanza de cientos de jóvenes que reclamaban no sólo libertad política, sino también personal y sexual. Además algunos de sus principales dirigentes y activistas eran lesbianas y homosexuales. Como resultado de este movimiento en los años 70´s floreció la vida homosexual y en las principales ciudades como México, Guadalajara y Acapulco, se abrieron las puertas de innumerables antros y bares para el público homosexual, además en el DF la zona rosa fue el cobijo de cientos de ellos. En nuestro país surgieron agrupaciones a favor de los derechos de este sector de la sociedad, hasta llegar a un punto en donde no sabían y no saben para donde moverse, debido a que el sida, la promiscuidad y muchos otros estereotipos aún los siguen etiquetando, aunado a esto en cuestiones de derecho se ha avanzado muy poco, ante la ley no se reconoce el matrimonio. La lucha porque un arcoiris inunde a los mexicanos sigue y seguirá, ya que en México los que no son mayoría se chingan.
Referencias
ü Salvador Novo, las locas, el sexo y los burdeles, México, Novaro, 1972
ü Carlos Pellicer, “recinto”, en Obras. Poesía (edición de Mario Schneider, México FCE, 1981)
ü Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Obras Históricas, México, vol. 2 Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, 1997.
[1] Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Obras Históricas, México, vol. 2 Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, 1997 p 101.
[2] Salvador Novo, las locas, el sexo y los burdeles, México, Novaro, 1972
[3] Carlos Pellicer, “recinto”, en Obras. Poesía (edición de Mario Schneider, México FCE, 1981, p.290)

0 comentarios:
Publicar un comentario